Marcianos y bacterias

Una de las famosas ilustraciones de Henrique Alvim Côrrea para la edición francesa de
La guerra de los mundos,

“¡ Dios no es un agente de seguros!”

Es lo que le dice, irritado, el narrador al cura en la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos.
Confrontado a una realidad que no puede admitir, el cura pierde la razón y se convierte en un amasijo tembloroso de impulsos y emociones. Su delirio es del todo consecuente con las creencias que han dado sentido a su vida pasada. Para él los marcianos son ángeles exterminadores, enviados del Mas Allá, la ira de Dios. Lo que no puede conceder es que sean una especie superior a la humana. lo que no puede entender es que Dios haya abandonado al Hombre (al hombre blanco, occidental, británico y, especialmente, a él, que es parte de una institución religiosa). En tiempos de Wells se hablaba todo el rato de especies superiores y de razas inferiores. La novela presenta al cazador convertido en presa. El rey de la creación destronado. Seres de otro mundo que vienen a tomar el relevo.

También para el lector del tiempo en que se escribió la novela, la idea de que pudiera suceder algo parecido a lo que Wells narra en ella debía de estar entre lo inverosímil y lo imposible, y no me refiero sólo la invasión alienígena sino a la existencia de una civilización superior, fuera o dentro de la Tierra. Casi siglo y medio más tarde, el Imperio Británico es un recuerdo (aunque otro Imperio esté en su lugar) y hemos sufrido tantas invasiones alienígenas en la ficción que ya nos parece haber sufrido más de una en la realidad. Nuestra visión del mundo ha cambiado mucho, salvo para aquellos que siguen en el siglo XIX, que, la verdad sea dicha, son unos cuantos.

A causa de Wells, los visitantes del espacio fueron marcianos durante mucho tiempo. Hoy sabemos que no hay vida en la superficie de Marte. Sabemos que es muy improbable que seamos la única especie con inteligencia, tecnología y lenguaje en la totalidad de lo existente. Sabemos que es prácticamente imposible que podamos contactar con otra especie inteligente al estilo de la nuestra, pero que estas deben existir en algún lugar y en algún momento del “vasto universo”, como hubiera dicho Borges. Puede que la aparición de vida compleja sea muy improbable, pero el universo ciertamente es muy vasto (que no basto). La vida compleja ha de estar, sin embargo, tan lejos en el espacio y/o el tiempo que probablemente nunca tendremos pruebas de ella.

Aún así la hipótesis del contacto se ha planteado ya seguramente de todas las formas posibles. En la novela de Wells es una una guerra de conquista. Las armas humanas son completamente inútiles ante la superioridad de los invasores. Y entonces sucede lo inesperado: los pobres marcianos mueren de sepsis. No tienen sistema inmunológico. Ojo, le dice Wells a su lector, porque en el plan de Dios hasta la criatura más humilde tiene un sitio. Las bacterias son el sistema de defensa de la Tierra. Pero ¿qué pasaría si las bacterias fueran los marcianos o, mejor dicho, los extraterrestres, o los extraterrestres las bacterias? Pues que tendríamos La amenaza de Andrómeda de Michael Chricton.

En esta novela, escrita por el famoso autor de bestsellers en 1969, las bacterias son los invasores, los aliens. O más bien los microorganismos, pues no llega a estar claro si la forma de vida que se conoce con el nombre clave “Andrómeda’ (de dónde ciertamente no procede) puede definirse como una bacteria. Si nos referirnos a las relaciones entre mundo de ficción y mundo real, ésta que presenta Chricton en su libro es una hipótesis plausible: de entrar en contacto con alguna forma de vida extraterrestre, como bien se explica en la obra, lo más fácil es que se trate de formas simples, unicelulares, algo parecido a una bacteria o a un virus. Las relaciones mundo real – mundo de ficción van por otro lado en la novela de Wells (derroteros más filosóficos)

Todas las novelas de invasión alienígena describen las relaciones entre tres elementos básicos: el planeta, la especie humana y la especie invasora. En The day the Earth Stood Still (El día en que la Tierra se detuvo) la defensa del planeta viene de fuera, la amenaza está constituida por la especie “inteligente” oriunda del planeta y de nuevo el mundo de ficción y la realidad del lector se conectan mediante un elemento común que en parte es una hipótesis (la autodestrucción), en parte un proceso en curso: cualquiera con unas cuantas neuronas puede comprobarlo cada día si mira más allá de su ombligo. En el relato de Harry Bates “Farewell to the Master” (1940) y la primera película, la de 1951, la gran amenaza es una guerra nuclear, amenaza que en nuestros días no ha desparecido pero se ha enriquecido con una minuciosa y a la vez generalizada destrucción del medio ambiente y del equilibrio climático. Este escenario más complejo de autodestrucción aparece en la película de 2008 (también titulada The Day the Earht Stood Still) que protagonizó Keanu Reeves.

De momento, en el mundo en que vivimos, interpretar la pandemia mundial que está recluyéndonos como un mecanismo de defensa de la Tierra es irresistible, aunque probablemente inapropiado. La bacterias son el mecanismo de defensa de la Tierra en La Guerra de los Mundos, de Wells. Las ideas sobre inmunidad y ecología no eran tan populares como para que el lector de aquel tiempo viera en la misma invasión de los marcianos una “infección” a la que la Tierra responde con anticuerpos. Hoy no nos cuesta mucho ver en la difusión de diferentes pandemias (la última de las cuales no sólo afecta a nuestra salud, sino a la del sistema económico mundial) una respuesta inmune de la Tierra ante la infección que somos los seres humanos. Y no hemos venido de Marte.

La guerra de los mundos

Alguien dijo a mi lado: “esto parece La guerra de los mundos”. Las calles casi vacías y la gente haciendo cola para entrar en los supermercados. El trafico de vehículos reducido a lo que era normal en la alguna década de la primera mitad del siglo XX (una década u otra según el país, según la ciudad, según la región del mundo o del país).

En ese momento pensé que había leído La guerra de los mundos. No era así. Había leído otras novelas de H.G. Wells, no esta. Por eso la he leído ahora. Se pueden encontrar versiones electrónicas gratuitas o muy económicas de las obras de Wells, porque son de dominio público. Había visto, desde luego, las versiones cinematográficas más famosas: la de 1953, que adapta muy libremente la idea original, se desarrolla en América y tiene el encanto vintage del cine de la época.

Guerra dei Mondi – War of the Worlds

La de Spielberg, de 2005, sigue en la linea de adaptar libremente la historia y situarla en América, aunque tiene más puntos en común con el libro que la anterior (debo decir que no me gustó demasiado: típico producto de consumo con buena realización, muchos medios, narrativa eficaz, grandes efectos especiales y ningún interés). No he visto la reciente serie de la BBC que sitúa la acción en el mismo tiempo y lugar que la novela (el sur de Inglaterra durante la época eduardiana).

En Wikipedia, ese monstruoso compendio del saber universal, no sólo hay un artículo dedicado a H.G. Wells, sino artículos específicamente dedicados a La guerra de los mundos en diferentes idiomas. He leído el que está en español y el que está en inglés. Se complementan, pero este último contiene más información y trata una serie de temas no sólo directamente relacionados con el libro sino con el medio socio-cultural en el que nació: la literatura de invasión (un género que se propagó como la mala hierba en el Reino Unido entre 1871 y 1914), las ideas científicas de la época, el colonialismo…

Según parece, el libro de Wells es considerado el primero que trata el tema de una invasión extraterrestre no tanto porque lo fuera estrictamente hablando sino porque la obra de Robert Potter The Germ Growers publicada en Londres en 1892 apenas tuvo difusión. En todo caso, la de Wells establece las bases de un subgénero y su influencia, larga como la mano del destino, ha producido innumerables secuelas y variaciones.

El artículo de Wikipedia The War of the Worlds está muy bien estructurado y es casi un pequeño estudio del libro, como podemos comprobar en el índice, que traduzco a continuación:

1 Argumento (un auténtico spoiler)
2 Estilo
3 Contexto científico
4 Localización geográfica
5 Contexto cultural
6 Publicación
7 Recepción de la obra
8 Relación con la literatura de invasión
9 Predicciones científicas y exactitud
10 Interpretaciones
11 Influencias
12 Adaptaciones
13 Ver también
14 Referencias
15 Enlaces externos

El artículo en español es menos completo, pero contempla algunos puntos que no aparecen en el anterior. Su índice es el siguiente:

1 Sinopsis
2 Secuencia de los eventos
3 Radio
3.1 Adaptación de Orson Welles (1938)
3.2 Adaptación de Orson Welles (1949)
4 Cine
5 Otras adaptaciones
5.1 Obras derivadas
6 Interpretaciones
7 Véase también
8 Enlaces externos

En el artículo de Wikipedia escrito en español, hay un apartado que se titula “la secuencia de los eventos”. En él se resume la estructura temporal de los hechos sobre los cuales se desarrolla la narración. Está muy bien como guía de lectura. (La sinopsis es un spoiler en toda regla).

Dentro del apartado Interpretaciones del artículo de Wikipedia en inglés se dan claves culturales que nos permiten ver más claramente las ideas, la visión del mundo y también las denuncias contenidas en la novela. Lo cierto es que, por si acaso las implicaciones de la trama no son evidentes para algunos lectores, el narrador dice cosas como la que sigue:

“Y antes de juzgarles (a los marcianos) con excesiva dureza debemos recordar la despiadada y completa destrucción que nuestra especie ha llevado no sólo a los animales como el extinto bisonte o el dodo, sino también a sus razas inferiores. Los tasmanos, a pesar de su aspecto humano, fueron borrados de la existencia en una guerra de exterminio llevada a cabo por inmigrantes europeos en el espacio de cincuenta años. ¿Somos acaso apóstoles de la misericordia tales que podamos quejarnos de que los marcianos hicieran la guerra con el mismo espíritu?”
—Capítulo I: La víspera de la guerra—

Esto de la razas inferiores pone los pelos de punta, pero la gente de la época pensaba así. El racismo se consideraba científico. La ciencia clasificaba a las especies en superiores e inferiores, con el homo sapiens a la cabeza de la creación, y el darwinismo social era una extrapolación a las sociedades humanas de la jerarquización del mundo natural y de la idea de la supervivencia del más apto.

Aquellos polvos trajeron luego los lodos que sabemos, esos lodos con esvástica que combinaban la reivindicación del exterminio y la eficacia industrial. Hoy día los científicos no consideran que la idea de razas y especies superiores o inferiores tenga mucho que ver con la selección natural ni tampoco con la ciencia. El que se adapta mejor a un determinado medio puede encontrarse en inferioridad de condiciones cuando el medio cambia, y los cambios que priman la selección de unos rasgos sobre otros son azarosos: no sobreviven “los mejores”, sino los que, casualmente, tienen las características a partir de las cuales pueden desarrollar una nueva adaptación. Llevar ese concepto a las sociedades humanas es por tanto inadecuado porque confunde “apto” con “bueno” o “mejor”, pero además hoy día se considera muy poco científico dar el salto alegremente de una esfera a otra y aplicar a la sociedad parámetros propios de un sistema biológico. Las perspectivas del darwinismo social pueden producir estupor en la actualidad, pero cuando se escribió La guerra de los mundos eran ampliamente aceptadas. Y es que encajaban tan bien con el colonialismo y el imperialismo europeos…

Qué suerte saber que puedes andar por ahí sojuzgando y aplastando a otros pueblos, robandoles sus tierras y sus recursos, matando poblaciones enteras porque perteneces a la civilización superior y a la raza superior, tienes la mejor tecnología y la mejor religión y tus fines lo justifican todo. Aunque, ahora que lo pienso, a ver si va a haber gente en nuestros días que aún piensa estas cosas… (y actúa en consecuencia).

En el libro están representadas también las convicciones sobre la superioridad de clase, como no. Es todo muy instructivo. Siendo Wells hijo de un jardinero y de una criada en la Inglaterra de fines del siglo XIX, éste es un tema que abordó con frecuencia de forma poco convencional y que debía de proporcionarle una energía de orientación variable.

Muchas de las ideas de la época sobre como eran (y debían ser) las relaciones entre clases, razas, pueblos, géneros, individuos están ahí sencillamente en tanto rasgos del mundo en el que el narrador se desenvuelve. El marco general de las mismas no es atacado de forma absoluta: al fin y al cabo, Wells tenía que ganarse la vida como escritor profesional llegando a un público que en conjunto no era muy partidario de la revolución social, y por muy progresista que fuera para su tiempo, es imposible que no encontremos en él algún planteamiento que ahora nos parezca retrógrado (¡por Dios, estamos hablando del siglo XIX!).

Pero dentro del paréntesis que supone el breve reinado de terror de los marcianos se llegan a poner muchos elementos en tela de juicio. El mismo argumento de la obra es una sacudida que afecta a algunas de las fibras principales de la sociedad de entonces. El narrador interviene más de una vez para dejar muy claro hacia dónde está apuntando. Y no sólo apunta hacia el tema evidente del colonialismo: el papel principal del hombre en la creación vacila ante la presencia (o posible presencia) de una inteligencia superior procedente de otro mundo.

“Por un momento toqué una emoción habitualmente situada fuera del espectro de las emociones humanas, si bien de sobra conocida por los pobres brutos sometidos a nuestro dominio. Me sentí como debe de sentirse el conejo que regresa a su madriguera y de pronto encuentra frente a sí el trabajo de una docena de peones afanosos que construyen los cimientos de una casa. Tuve el presentimiento de algo que enseguida creció hasta volverse claro en mi mente y que me oprimió durante días, una sensación de destronamiento, la convicción de ya no era yo un amo, sino un animal entre los animales, bajo la bota marciana. Para nosotros sería como para ellos, acechar y observar, correr y esconderse; el temor del hombre y su imperio se habían acabado”
—Capítulo VI. El trabajo de quince días—

En el capítulo VII, El hombre en la colina de Putney, el narrador vuelve a encontrarse con el artillero, un personaje que ha aparecido previamente, y en el discurso de este, por más que hombre demuestre enseguida una notable inconsistencia, hay una crítica de la sociedad y un proyecto de resistencia que el narrador escucha con entusiasmo (aunque sagazmente el autor no pone ese discurso en boca del narrador, que es un personaje mucho más parecido a él mismo). La resistencia ante los invasores parece por un momento una oportunidad de regeneración para una sociedad decadente donde las personas viven vidas monótonas carentes de libertad, propósito o grandeza.
Por cierto que el personaje del cura, uno de los eventuales compañeros de aventuras, o mejor dicho, de desventuras, del narrador durante parte de la novela, no queda nada bien: es un tipo blando, tembloroso, que no puede controlar el impulso de comer aún cuando escasean las provisiones. Está habituado a una vida fácil y a un orden dentro del cual tiene su papel y su importancia asegurados y pierde la razón cuando llega la catástrofe y todo eso desaparece.

Antes de encontrarse, o mejor, reencontrarse con el artillero, el narrador pasa una noche espantosa en el mesón situado en lo alto de la colina de Putney. Hay una diferencia muy grande entre la religiosidad del narrador y la del cura, que es formal y superficial y encaja todo el orden del mundo en un relato mítico-religioso y reduce la existencia a una serie de convenciones. Así que cuando llegan los marcianos, para él sólo puede estar sucediendo una cosa: son enviados de Dios que ha decidido aniquilar a la humanidad. Pero el narrador se da cuenta de que el hombre no razona. Presa del miedo y de los impulsos, su agitación y su parloteo sobre el fin del mundo parecen ser una monomanía. Pero es una monomanía muy lógica en un pilar de la sociedad como él. ¿Cómo, por Dios, iba a haber una civilización más poderosa que el Imperio Británico, unos seres cabezones todo cerebro capaces de aplastar al Hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador?

Los pensamientos del narrador son muy distintos durante esa noche que pasa en vela en la colina de Putney:

“Desde la noche de mi retorno de Leatherhead no había rezado. Había pronunciado oraciones, había orado lo mismo que los paganos musitan encantamientos cuando me encontraba en extrema necesidad; pero ahora sí que recé, recé pausada y lúcidamente, cara a cara con la oscuridad de Dios. ¡Extraña noche! Y más extraña aún por que, apenas comenzó a amanecer, yo, que había hablado con Dios, me arrastré fuera de la casa como una rata que abandona su escondrijo —una criatura apenas algo mayor, un animal inferior, una cosa que, por cualquier pasajero capricho de nuestros amos, podría ser cazada y muerta. Tal vez ellos también rezaban confiadamente a Dios. Sin duda, si no hemos aprendido ninguna otra cosa, esta guerra nos ha enseñado a tener compasión —compasión por esos seres desprovisto de razón que sufren bajo nuestro dominio”.

La novela plantea una situación que induce al lector de la época a reflexionar sobre temas que le son familiares, que forman parte de la organización de la sociedad y el mundo. Es una sacudida, una llamada a la amplitud de miras, una invocación a la piedad: los fundamentos del edificio aún son intocables.

El capítulo VIII. Dead London pone las cosas a su sitio y vuelve Londres a la vida, matando a los marcianos. Y si es una nueva lección de humildad, asegura la posición de la especie humana en el orden de la creación, según las ideas religiosas y científicas del tiempo.

Lección de humildad: los marcianos son muertos por las bacterias que causan la putrefacción y la enfermedad, bacterias para las que carecían de un sistema inmunológico que los defendiese.
“Muertos” dice el narrador “después de que hubieran fallado todos los artefactos humanos, por las cosas más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre esta tierra.”

Hay un momento en que el narrador adopta un tono sentencioso y casi bíblico:

“Por el peaje de un billón de muertes el hombre ha comprado su derecho de nacimiento sobre la tierra, y es suya contra cualquier recien llegado, y aún sería suya aunque los marcianos fueran diez veces más poderosos de lo que ya son. Pues los hombres ni viven ni mueren en vano”.

Es un mensaje muy distinto del que empezó a llevar consigo la literatura después de la segunda guerra mundial, cuando una Europa reducida a ruinas, una orgullosa civilización reducida a la miseria generó de un modo natural la literatura existencialista, donde el absurdo de la existencia humana es el protagonista.

Wells había recibido educación científica. Había estudiado biología en la Escuela Normal de Ciencia, más tarde Real Colegio de Ciencia de South Kensington.
Así que no es raro el desenlace de la novela. No es raro que se le ocurriera ni que tuviera los conocimientos para concebirlo. Ese desenlace que conocemos por las películas aunque no hayamos leído el libro. Ese final que tuvo que sorprender a sus primeros lectores más de lo que sorprendería a un lector de hoy que no supiera nada del libro, que no hubiese visto ninguna de las películas.

La novela de H.G. Wells se publicó por primera en la revista Pearson’s Magazine, por entregas, en 1897. La primera edición en libro es de 1898. En esa época se estaban realizando importantes descubrimientos sobre inmunidad. Por ejemplo, en 1882 Ilya Ilych Mechnikov descubrió los macrófagos (un tipo de glóbulo blanco). Más tarde, ya en el siglo XX, Mecnhikon recibiría el premio Nóbel por sus descubrimientos. Sin duda Wells estaba al tanto de los avances científicos, especialmente los que tenían relación con su especialidad. Y como Dios creador del universo de ficción de La guerra de los mundos, hizo a los marcianos sin sistema inmune, provenientes de un planeta donde, por alguna razón, no hay putrefacción ni enfermedades infecciosas. El autor no pierde tiempo en solucionar los problemas que esto plantea en la ecología de un planeta: al fin y al cabo es un mundo extraño, desconocido, extraterreste, que se rige por otros parámetros. Simplemente convierte a las bacterias en las ganadoras de la guerra de los mundos. Son ellas, y no el ser humano, las que prueban ser capaces de defender la Tierra.

Próximo post: Marcianos y bacterias

Infección

El miedo a la infección, a la contaminación, al contagio es uno de los miedos primigenios: vive en la raíz de la naturaleza humana y responde a una de las trampas más insidiosas de la Naturaleza. Es el miedo al enemigo invisible, incomprensible: enfermedad que se transmite de un enfermo a otro, espíritu maligno que trabaja en la oscuridad de las células; la peste, el cólera, la gripe, la horrenda lepra, vistas a lo largo del tiempo como maldiciones de un Dios cruel, o de varios dioses crueles, venganzas del más allá. Todos los animales compartimos el miedo al monstruo, y el monstruo es el depredador cuando sale a cazarnos o surge de la emboscadura. Para aprender el miedo al depredador microscópico hay que tener una cultura basada en el lenguaje y así es posible comunicar dentro del grupo la amenaza que ha de ser descubierta mediante indicios y relaciones nunca tan claras como la relación entre la zarpa y la muerte. Entonces entra en juego la imaginación mítica y poética: lo que no se puede explicar da lugar a la explicación religiosa y mágica a través de la cual el sueño contamina el orden de la vigilia y las conexiones entre significados se convierten en creencia. Por la red cultural se transmiten las maldiciones bíblicas y las plagas interpretadas como la cólera de Dios, el poder de los brujos y los malos espíritus, la contagiosa sed de los vampiros y las asechanzas del mal que intercambia corrupción moral y corrupción física en una perfecta metáfora. Cuando se llega al conocimiento del mundo microscópico y la técnica lo hace visible a nuestros ojos, el mundo invisible de los espíritus y las emociones encarnadas retrocede pero no se da por vencido. Habrá siempre quien elija ciegamente la creencia y el dogma como sustituto de la razón. La influencia decisiva de la razón y la ciencia, en todo caso, no es obstáculo para que ese otro territorio oculto siga vivo en la mente: allí es real y, sobre todo, verdadero. Allí se llena de mensajes y figuras, teje visiones, narraciones, advertencias para que conozcamos el mundo a través de las leyes del Sueño. Pero de todas formas, quien sabe qué relaciones guardan los diferentes órdenes de la realidad allí donde no rigen las leyes del Día y las cadenas del fanatismo son ineficaces.

Origen: Museo de Sanidad, Instituto de Salud Carlos III

Infection

File source: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_angel_of_death_striking_a_door_during_the_plague_of_Rome_Wellcome_V0010664.jpg

The fear of infection, pollution, contagion is one of the primordial fears. It lives at the root of human nature responding to one of the most insidious traps of Nature. It’s the fear of an invisible, incomprehensible enemy: the disease that passes from one sufferer to another, the evil spirit that works in the dark recess of the cells; pestilence, cholera, flu or hideous leprosy seen through time as curses coming from a cruel God, or from several cruel gods, vengeance sent from the Other World. All animals, including our own species, share the fear of the monster, and the monster is the predator when it turns on us or leaps from the ambush. To learn the fear of the microscopic predator a culture based in articulate language is required so the menace that can only be read in hints and relations never as clear as the relation between death and claw can be communicated inside the group. Then it is the turn of poetic and mythic imagination to enter the stage and give explanation to these things for which there is no explanation yet. Religion and magic infuse Dream into the order of wakefulness and the connections among meanings turn into beliefs. Biblical curses, plagues envisaged as God’s wrath, the power of witches and sorcerers, the sway of evil spirits, the contagious thirst of vampires, the snares of Evil where physical and moral corruption are intermingled in a perfect metaphor: all these run and expand through the cultural net. When Humankind arrives to the knowledge of the microscopic world and even makes it visible though technical devices, the invisible world of the spirits and incarnate emotions retreats but does not surrender. There will always be people who choose blind faith and dogma instead of reason and anyway the decisive influence of science and reason is no obstacle for that old, invisible territory to be alive in the mind, where it is real and, moreover, true. There it teems with messages and shapes, weaving visions, narratives and advices so we can see the world through the laws of Dream. In any case, who can tell which relations the different orders of reality keep among them in the secret places where the law of Day does not prevail and the chains of fanaticism are of no use.

Phantastes

I can’t remember where I found out about Phantastes, that strange, wonderful book written by George MacDonald (1824-1905) at a time when adult fiction was supposed to be realistic and the idea of fantastic literature made people instantly think of children or young readers. One author leads to another, a book to another book in the huge net of Literature. Which book, which author, which comment lead me to George MacDonald’s Phantastes? MacDonald called it “A FAERIE ROMANCE FOR MEN AND WOMEN”. The title highlights two connections and an advice: a connection with medieval romance, a second one with faerie tales from the folklore legacy, an advice to make clear that the world of imagination contained in the pages which lay ahead is not intended for children. MacDonald’s Fairyland is a world of dreams and mystic paths that open a secret dimension of reality. It translates the ways of the spirit into a dreamland where secret battles take place. And it doesn’t matter if you believe in other world in the same way he did or if you think other worlds are here and now: when you enter Phantastes you’ll find yourself in a strangely familiar place, the kingdom of the mind. Such an experience reminds of the nightly quests, sorrows and joys we go through during our dreams when we are asleep. But under the frame of fiction MacDonald builds up Fairyland is not a dream as we know them. It is real. Not a world of the five senses, not either the bizarre visions of a dreamer. Lewis Carrol’s books resort to the dreaming world of the sleeper, as Jamie Williamson says in The Evolution of Modern Fantasy. MacDonald takes a different stance on the nature of the fantastic world, both in Phantastes and in his much latter work Lilith. A Romance.

Binding of the first edition,
published by Smith, Elder & Co.
London, 1858
Cover of the so called “Suppressed Edition”
1894, London, Chatto & Windus
1916 Edition by publishers J.M. Dent and E.P. Dutton & Co.
The Ballantine 1971 Edition
with an introduction by Lin Carter

“Both Alice books are dreams in a quite straightforward sense: Alice falls asleep, has a dream, and wakes up at the end. This is not the case in either of MacDonald’s romances, where the invented worlds would be more aptly described as alternate dimensions outside the continuum of the five senses. Precisely the relation between the primary and the invented worlds is ambiguous, but the latter are not the product of a simple sleeping dream.”

(…)

“…in either of MacDonald’s romances (…) the invented worlds would be more aptly described as alternate dimensions outside the continuum of the five senses”.

(Williamson, Jamie. The Evolution of Modern Fantasy (pp. 115-116). Palgrave Macmillan US. Kindle Edition).

Phantastes is somewhat a predecessor of modern fantasy, for all the main elements are there, at least at the more literal level.

“The book’s Fairyland is an imaginary world, in which Anodos the protagonist encounters magical beings and spells. With its castles, rustic homesteads, dark forests, and knights; its journey structure; and its rather pre-Raphaelite medieval atmosphere, the vocabulary of romance and fairy tale is marshaled unambiguously. In terms of MacDonald’s own inspirations and “sources,” this vocabulary to some degree relies on elements from actual medieval, and particularly Arthurian, romance; however, Spenser and much else from the Elizabethan period and the seventeenth century inform MacDonald’s treatment of his medieval vocabulary. The traditional fairy tale is echoed in many of the book’s motifs and is explicitly alluded to in places; specifically Scottish patterns underscore the battle of Anodos and the two brothers against the three giants. The inset ballad of Sir Aglovaile is clearly modeled on the border ballads. MacDonald was deep in Romanticism, both English and German, and in varying capacities, Shelley, Coleridge, Novalis, Hoffmann, Fouqué, and many more can be scented behind sections of Phantastes.”

Williamson, Jamie. The Evolution of Modern Fantasy (p. 115). Palgrave Macmillan US. Kindle Edition.

Williamson gives us a lot of clues in this paragraph: the constituents of fantasy fiction as we understand it today, the sources of vocabulary and motifs, the influences and kinships.

In order to get lost properly in the magic woodland of Phantastes I resorted to that huge source of literary supplies named Delphi Classics where I bought the Complete Works of George MacDonald. I still have to read his other fantastic narratives (and maybe some of the realistic ones), among them Lilith, a Romance, which belongs to the end of his literary career (only two other books were published after it).
Delphi provides all the lot nicely packed with indexes and extra content for a small price, but you can also find MacDonald’s works totally free at Gutenberg.org.

The Victorian Website has a page with very interesting content providing material for learning, if learning is what you want to do. They have the complete text of Phantastes and a bunch of links that make a web inside the web to go all round through related works and topics.

I suppose I’ll have to go round several times, as I have such a bad memory. I still can’t recall the thread that took me to Phantastes and the fact that I got lost in MacDonald’s woodland probably added to whatever other facts were covering the track behind me. So today I only remember a room being turned into a passage that lead to a different world, and then the trees, so alive and restless, and the night, as alive and restless as the trees, and the sense of being surrounded by creatures that maybe were part of me, maybe not.

My roaming begun with the journey of Anodos.

A Geography of Dreams

A Geography of Dreams is a project of mine which has just begun to develop. I imagine it like a mix of poetry, essay and narrative. It has just begun to take form, but it has been on my mind for a long while. I have read some books written by scientists or by journalists who have interviewed scientists. The mind at night, by Andrea Rock, is my favourite. It’s highly enjoyable, rigorous and all the information it contains is still valid. But I suppose I read it more because of my interest in the matter than for its usefulness concerning my purpose. Because my project is an exploration of dreams from a certain viewpoint and under the frame of literature. It’s the space and the places in dreams that I want to talk about because I’ve realised they are important characters in the plot of the night cinema. So if every character in the dream is the dreamer itself, the places are also the dreamer, a manifestation of his or her mind, a way in which revealing emotions embody themselves in forms and colours and meanings. I’ve decided to put words to work in this web, which is a way to kindle them and see them grow. Let’s see what kind of dreams are born from the spirit of dreams.

And this is the entrance.

Geografía de los sueños

Geografía de los sueños es un proyecto, y de ese proyecto tengo notas, esbozos y visiones. Creo que una página web es un sitio muy adecuado para que crezca. Es como ir echando las palabras en una tierra donde pueden arraigar, como poner las ideas a desarrollarse en una finca que espera de ellas un parque, un bosque, un paisaje. ¿No os habéis dado cuenta de que en los sueños el espacio es uno de los protagonistas, y que, si todos los personajes con los que soñamos somos nosotros mismos, como se ha dicho más de una vez, los lugares del sueño también son el soñador? Si la vieja palabra “alma” no se hubiera quedado tan fuera de lugar en este mundo donde nuestra forma de entender las cosas parece excluirla, podríamos decir que esos lugares son nuestra alma. Por eso están traspasados de emociones. Los lugares del sueño no son sino emociones convertidas en imágenes que atraen hacia sí lo que sabemos y lo que no queremos saber de nosotros mismos, el significado de los escenarios del mundo de la vigilia, la historia secreta y nocturna de nuestras vidas.

GEOGRAFÍA DE LOS SUEÑOS

SCHIELE, Egon_Casas junto al río. La ciudad vieja, 1914_739 (1978.81)

The Walking Forest

Farmgor Wood marches to War, by an anonymous contributor to this web

The vision of a walking forest is one of the gifts that await us inside The Lord of the RingsJ.R.R. Tolkien loved trees. Machines he didn’t love very much. His love for the modern world was scarce and his works are pervaded with a longing for pre-modern ages. It is logical that when creating the universe of The Lord of the Rings heplaced it in a primordial time where Nature is overwhelming and magic very often plays the part of technology. Sauron’s work, which is a work of destruction, leaves behind the wastelands that resemble the landscapes of mining and industrial activity. The Orcs fell trees. Elfs are fond of trees. Hobbits plant them in the Shire. Sam is a gardener. The book starts with a prologue where we can read: “They do not and did not understand or like machines more complicated than a forge-bellows, a water-mill, or a hand-loom, though they were skillful with tools”. This first section of the prologue (“Concerning Hobbits”) also warns us that: “A well-ordered and well-farmed countryside was their favorite haunt”. By contrast, the forests of Middle Earth are remnants of an archaic world even much older than the remote and mythical one where Frodo and his companions struggle against darkness. 

These forests represent primitive powers, either beneficent or maleficent. Three of them have a strong presence not only as places but also as collective characters: the Old Forest, Lórien and Fangorn (for Mirkwood is much more important in The Hobbit than in The Lord of the Rings). All of them are full of magic, but only the third is the walking forest. Merry and Pippin go into it hiding from the Orcs, and there they meet Treebeard, the most important of all Ents, so much that his real name is Fangorn, because he is the Guardian of the Woods, and also it’s Spirit,it’s consciousness or something of the like. Old as the world, wise and kind, Treebeard is an ancient power that, when roused and infuriated, will hardly find a match. And the news that Pippin and Merry bring make him angry. So he calls all Ents to an assembly and they discuss minutely for three days what to do (time is long for these creatures that count the duration of their lives by thousands of years) until they decide to march to war against Saruman. “We may help the other peoples before we pass away”, declares Treebeard.The Ents march to Isengard (against Isengard) and Treebeard carries Pippin and Merry on his shoulders.

Pippin looked behind. The number of the Ents had grown – or what was happening? Where the dim bare slopes that they had crossed should lie, he thought he saw groves of trees. But they were moving! Could it be that the trees of Fangorn were awake, and the forest was rising, marching over the hills to war? He rubbed his eyes wondering if sleep and shadow had deceived him; but the great grey shapes moved steadily onward. There was a noise like wind in many branches. The Ents were drawing near the crest of the ridge now, and all song had ceased. Night fell, and there was silence: nothing was to be heard save a faint quiver of the earth beneath the feet of the Ents, and a rustle, the shade of a whisper as of many drifting leaves. At last they stood upon the summit, and looked down into a dark pit: the great cleft at the end of the mountains: Nan Cururnir, the Valley of Saruman.
“Night lies over Isengard,” said Treebeard.

(End of chapter 4. Treebeard. The Two Towers).

“I have always for some reason -I don’t know why- been enormously attracted by trees. All my work is full of trees. I suppose I have actually in some moment… I should have liked to make contact with a tree and find out how he feels about things”.
Tolkien chuckled while saying the last sentence. He was walking with John Izzard and a BBC crew around a tree garden in Oxford. They were filming a documentary that was aired in 1968 and that I have been able to watch thanks to the person who uploaded it to Youtube (it is an episode of the series “On Their Own Words. British Authors”). So this is first hand information on Tolkien’s love of nature and vegetal life, who seemed so appealing to him.
But we also know (because the author himself said so in one of his letters) that he was bitterly disappointed when, as a young scholar, he found out the way Shakespeare made the prophecy of the witches materialise in the play Macbeth. Which was by moving not the forest of Birnam itself, but the soldiers disguised under a camouflage of branches and leaves.
In June 1975 Tolkien wrote a letter to W.H. Auden in which he commented on Ents:
“Their pan in the story is due, I think, to my bitter disappointment and disgust from schooldays with the shabby use made in Shakespeare of the coming of ‘Great Birnam wood to high Dunsinane hill’: I longed to devise a setting in which the trees might really march to war”.
These were his actual words. Therefore, the epic and magic vision of a walking forest was born from the frustration of a boy at what Shakespeare seemingly didn’t dare to fulfil. When Tolkien writes The Lord of the Rings, the child that lives still inside the adult makes him create those Ents and Huorns so that Fangorn Forest may do what Birnam Forest never did: that is, to march to war.

El bosque que camina

Treebeard, by Alan Lee

La visión de un bosque que camina es uno de los regalos que nos hace Tolkien en El señor de los anillos. J. R. R. Tolkien amaba los árboles y detestaba las máquinas, sentía nostalgia del mundo premoderno y escaso amor por la modernidad. Es lógico que al crear el de su novela lo situara en un tiempo primordial donde la naturaleza ocupa mucho más espacio que la técnica y la técnica es sustituida con frecuencia por la magia. La obra de Sauron, que es una obra de destrucción, deja siempre un resultado similar a las tierras baldías que son el paisaje de la minería y de la industria. Los orcos derriban árboles. Los elfos aman los árboles. Los hobbits los plantan en La Comarca. Sam es jardinero. En el prólogo del libro, en el apartado “Sobre los hobbits”, podemos leer: “No entienden ni entendieron ni sienten gusto por máquinas que tengan mayor complejidad que un fuelle de herrero, un molino hidráulico o un telar manual, aunque son hábiles usando herramientas”. También sabemos por este prólogo que “un paisaje rural bien ordenado y cultivado es su hábitat preferido”.

En la novela, los bosques son los restos de un mundo arcaico todavía más antiguo que el universo remoto y mítico de la Tierra Media, y representan una fuerza primitiva que puede ser benéfica o maléfica.Tres son las selvas con calidad de personajes colectivos: El Bosque Antiguo, Lórien y Fangorn (Mirkwood tiene mucha más presencia en El hobbit que en El Señor de los Anillos). En todos ellos habita la magia, pero el bosque que camina es el tercero. Huyendo de los orcos, Merry y Pippin se adentran en él y allí conocen a Treebeard, el más importante de todos los Ents, tanto que su nombre verdadero es Fangorn, pues es el guardian del bosque y algo así como su conciencia o su espíritu. Viejo como el mundo, sabio y bondadoso, Treebeard es un poder arcaico que, cuando se agita y enfurece, difícilmente encuentra rival. Y las noticias que Merry y Pipin le traen despiertan su ira. Por eso convoca una asamblea de Ents. Morosamente discuten sobre la decisión a tomar (el tiempo es largo para estas criaturas que cuentan su vida por miles de años) y finalmente acuerdan declararle la guerra a Saruman. “Debemos ayudar a los otros pueblos antes de que desaparezcamos”, afirma Treebeard. Los Ents marchan hacia Isengard (contra Isengard) y Treebeard lleva a Merry y Pippin sobre sus hombros.

Pippin miró hacia atrás. Los Ents habían aumentado en número —¿o qué sucedía?. Allí donde deberían estar las penumbrosas laderas desnudas, creyó ver grupos de árboles. ¡Pero se movían! ¿Sería posible que los árboles de Fangorn hubieran despertado, y que el bosque se estuvieran alzando, marchando a la guerra sobre las colinas? Se frotó los ojos mientras se preguntaba con asombro si el sueño y la sombra le habrían engañado; pero las grandes figuras grises avanzaban a un ritmo constante. Había un sonido como de viento que atravesara infinidad de ramas. Los Ents se acercaban a la cresta de la cordillera y las canciones habían cesado. Caía la noche, y se extendía el silencio: nada se oía salvo el débil temblor de la tierra bajo los pies de los Ents y un crujido, la sombra de un susurro como de muchas hojas arrastradas por el viento. Finalmente se detuvieron en la cumbre y miraron hacia abajo, hacia la hondonada oscura: la gran hendidura al final de las montañas: Nan Curunir, el Valle de Saruman.
“La noche cubre Isengard”, dijo Treebeard.

Final del capítulo IV. Treebeard. Libro segundo: Las dos torres.

“Siempre he sentido, no sé por qué” le dijo John Ronald Reuel Tolkien a la BBC en 1968 “una enorme atracción por los árboles. Toda mi obra está llena de árboles”.
“Supongo” añadió con una risita “que me hubiera gustado establecer contacto de algún modo con un árbol y saber lo que siente acerca de las cosas”.
Mientras paseaba por los jardines de Oxford, le hacía estas confesiones al periodista John Izzard.
Pero también sabemos, porque Tolkien lo dejó escrito en una de sus cartas, que en su época de colegial se llevó una soberana desilusión cuando descubrió la forma en que Shakespeare hizo que se cumpliera la profecía de las brujas en Macbeth: el gran bosque de Birnam se desplaza a la alta colina de Dunsinane porque lo que se mueven no son árboles, sino soldados disfrazados con un camuflaje de hojas y ramas.
La visión mágica, épica, maravillosa de un bosque que camina nace de la frustración de un niño ante lo que Shakespeare no se atrevió a llevar a cabo. Ese niño que el adulto guarda en su interior cuando se pone a escribir El señor de los anillos le hace inventar los Ents y los Huorns para que el bosque de Fangorn pueda hacer lo que el bosque de Birnam no hizo: marchar a la guerra.

Artes marciales

Delacroix, Jacob luchando con el ángel.

Hay que luchar con las palabras para que nos entreguen su secreto, como Jacob luchó con el ángel. Las palabras son herramientas precisas, trabajadas por los siglos y las generaciones. Los diccionarios convierten las palabras en otras palabras para cercar su sentido, sus límites, su extensión, sus parentescos, incluso las posibilidades de su ambigüedad. Llamamos a esto “definiciones”. Las definiciones de los diccionarios son un trabajo de artesanía arriesgado y sutil. En ellas buscamos el significados de los signos que forman el lenguaje, pero las palabras tienen además conexiones y cerraduras: no pueden encajarse de cualquier modo entre sí; si las usamos bien dirán cosas llenas de sentido, si las encajamos de cualquier manera chirriarán como un mecanismo mal ajustado. Hay que luchar con las palabras y con sus cadenas, las que forman al enlazarse, serpientes de palabras a las que debemos exigir precisión y armonía, expresividad y sorpresa. Incluso la obra más humilde merece el mejor esfuerzo.