Encuentro con Rama

Lecturas en los tiempos del coronavirus

Leí Encuentro con Rama, de Arthur C. Clarke, gracias a Los Morlocks: no a los Morlocks de H.G. Wells ni a los Morlocks de Marvel Comics, sino a
¡¡¡¡LOS MORLOCKS!!!! Reseñas e ilustraciones sobre subcultura y cómics
Leí su reseña y decidí que tenía que leer el libro, que éste era uno de esos clásicos de la ciencia ficción con los que iba a disfrutar enormemente.
Y así fue.
Con todo el encanto, los defectos y los prejuicios de la época en que se escribió, es un libro para amantes del género. Y dentro de este, se puede decir que pertenece al subgénero de “descubrimiento de mundos”.
Porque Rama es un mundo cerrado y el peso de la novela recae en la exploración de ese mundo, exploración que el lector comparte con los personajes.
Maravilloso.
La reseña de Carles Llonch Molina en Los Morlocks podéis leerla en el enlace de arriba, al principio de la página.
Voy a destacar dos conceptos de la misma:
Ciencia ficción dura y voluntad pedagógica.
La primera es la especialidad de Arthur C. Clarke. Era un científico. La segunda fue, según nos dice Carles Llonch, el motivo de que Clarke se metiera a escritor de novelas. Además, digo yo, esa intención de enseñar, puesta en práctica dentro del argumento, es un ingrediente imprescindible en las obras de ciencia ficción de este tipo (o en los tecno-thrillers). Una parte de los descubrimientos que el lector debe hacer están ahí, y son la base para que pueda descubrir y entender el resto del panorama que el autor le va presentando.
Adentrarse en un mundo desconocido muy especial, un mundo cerrado y enigmático, ir descubriendo sus extrañas leyes o contemplando sus enigmas irresolubles: eso es Cita con Rama.
El autor no tiene tiempo de dedicarse a personajes muy complejos que evolucionan, aunque los traza bastante bien dentro de las necesidades de la obra. Tampoco se entretiene en desarrollar conflictos entre ellos, y gracias a Dios o a la Fuerza no suple estos conflictos con la presencia de un malo malísimo que, dominado por los celos, el afán de venganza o de poder, la mezquindad, el egoísmo y otras pulsiones similares, se dedique a minar la misión desde dentro, traicionar y engañar bajo la capa de la más convincente hipocresía y esas cosas. No hay tiempo para tonterías. Y el objetivo principal de la novela está claro.
Así que el placer, la emoción del descubrimiento, del hallazgo, del conocimiento, del territorio virgen que se recorre por vez primera, es todo (o casi todo) lo que nos ofrece. ¡Ni más ni menos!
Ni siquiera se detuvo el autor a solventar el problema de los microrganismos que pudieran haber enfermado al equipo de exploración, odescribir las precauciones que éste debería haber tomado para evitar la contaminación del mundo extraño en el que se adentran.
Hay apenas en el libro un par de menciones a posibles micorganismos y a un sistema de defensa contra posibles contaminaciones… Por parte del mundo que visitan, no por parte del equipo de exploración ni de su nave.
Hoy nos parece raro ¿verdad?

Portada virtual de la edición electrónica en la que leí el libro (en inglés).

Los cultivadores de gérmenes

Lecturas en los tiempos del coronavirus

¿Te interesa leer un libro publicado en 1892 del que se ha dicho que es la primera novela en la que se describe una invasión alienígena de la Tierra, libro publicado seis años antes de La guerra de los mundos de H.G. Wells? Pues, primeramente, debes estar dispuest@ a hacerlo en inglés. Luego, debes ir a gutenberg.org, descargarlo, leer y sólo después regresar aquí, ya que estoy a punto de estropear las principales sorpresas del relato. No tengo más remedio, pues voy a explicar por qué NO ES LA PRIMERA NOVELA DE INVASIONES ALIENÍGENAS. Así que, a la inversa, si no quieres leer el libro, puedes seguir con este artículo y, muy rápidamente, informarte sobre los principales elementos de la trama. O sea, de qué va.

En mi opinión, H. G. Wells es el indiscutible creador del subgénero de invasiones alienígenas, a pesar de que en Wikipedia se afirma que “en 1892 Robert Potter, un clérigo australiano, publicó en Londres Los cultivadores de gérmenes. Ahí se describe una invasión encubierta en la que los alienígenas toman forma humana e intentan desarrollar una virulenta enfermedad en la que apoyar sus planes de conquista global. El libro no fue muy leído y, en consecuencia, la novela de Wells, que obtuvo un gran éxito, se considera generalmente el origen de todas las historias de invasiones extraterrestres que vinieron después” (He traducido libremente un fragmento de la entrada en inglés dedicada a La Guerra de los mundos).
Del mismo modo, en la Science Fiction Encyclopedia encontramos el siguiente resumen de la trama: “Una raza de seres desencarnados, habitantes del “ether” interplanetario y capaces de asumir forma humana, controlar mentalmente a los humanos y con habilidades de teletransportación, invaden la Tierra y establecen cabezas de puente donde cultivan gérmenes infecciosos para usarlo contra la humanidad”. A pesar de esto, el redactor de la entrada nos advierte de que “el elemento de alegoría cristiana (ángeles caídos a los que se enfrenta un ángel bueno) impide que se realice completamente el potencial de ciencia ficción del libro”

Vale, si pedís mi opinión (lo cual supongo que no teníais intención de hacer, lo que no impedirá que os la dé) no hay ninguna alegoría en la narración de Potter. Nada. Ni un ápice. Los alienígenas son de hecho criaturas espirituales, buenos o malos, es decir, lo que la Biblia llama ángeles, y el libro es un intento de armonizar una explicación científica del universo con la cosmovisión (o visión del mundo) cristiana donde la noción clásica de éter (no confundir con el éter que sirve para dormir a la gente en la viejas novelas de misterio) o ether o aether ya había encontrado un sitio en relación con el cielo, el espacio exterior, seres angélicos y otras cosas parecidas. Esta idea situada en el centro mismo de la trama es claramente mucho más original que cualquier alegoría. En realidad el mundo del que vienen los invasores de la novela es nuestro mismo mundo. Hoy diríamos que se trata de “otra dimensión” o algo así.

Potter recurre a la noción de “aether” (tal como escribe él la palabra) no como “el quinto elemento” de la antigua Grecia, sino como concepto científico todavía muy importante en su época, y lo hace converger con las cualidades “etéreas” de los ángeles y los espíritus y la materia sutil (¿o quizá deberíamos llamarla energía?) en donde estos viven. Esta materia sutil que está en todas partes y lo atraviesa todo, que está en el origen de cualquier otra sustancia contenida en el Universo es de lo que está hecho el espíritu y el “lugar” de donde vienen los”aliens” del argumento. Para entrar en nuestro mundo de objetos groseros estos ángeles deben “materializarse”, cosa que hacen sin problema, pero una vez que se han convertido en seres humanos están sujetos a todas las leyes de la naturaleza que gobiernan la nuestra. Aquí es donde la parte de ciencia ficción se vuelve real, destacable. Pues, gracias a su elevada inteligencia y conocimiento, las legiones rebeldes que llegan a la Tierra a sembrar la enfermedad en cuerpos y almas usan máquinas que, cuando son vistas por los protagonistas, aparecen a sus ojos como el producto de una tecnología muy avanzada y de una civilización basada en ese tipo de tecnología. Emplean también su profundo conocimiento de la biología para cultivar gérmenes en plantaciones secretas, gérmenes que son mutaciones mortales obtenidas a partir de especímenes inocuos a través de extensos experimentos. Luego difunden estos gérmenes con ayuda de sus “coches voladores” para probarlos y para empujar a la humanidad a la desesperación y la rebeldía.

La “teletransportación” de que habla la Enciclopedia de Sci Fi es tan solo lo que pasa cuando uno de los ángeles encarnados muere, o cuando deciden por propia voluntad volver al éter de donde proceden y luego regresar, tomando nuevamente la materia y la forma del cuerpo humano. La verdad es que las meditaciones y ensueños del Sr. Potter me han parecido muy entretenidas, a pesar de que emplea tanto tiempo en describir algunos de los ingeniosos ingenios usados por las malélovas criaturas que se ocultan en un remoto y escondido valle australiano. Estos ingenios y artilugios nos pueden hacer gracia hoy en día. Debemos tener en cuenta el tiempo en que se escribió la novela. Esto también es esencial para entender los defectos y prejuicios del narrador, muy característicos de su siglo.

Ciertamente debo decir que el título de la novela llamó mi atención especialmente porque estos días hay un virus que nos tiene a raya a los seres humanos. En la primera parte del libro, antes de contar la historia de sus aventuras australianas, al narrador recuerda algunas cosas que le sucedieron en su juventud, entre ellas una epidemia y algunos otros hechos que cree que puedan estar conectados aunque no lo parezca. Tras saber todo lo que hay que saber sobre sus andanzas y descubrimientos australianos, vemos claramente que tenía razón: los acontecimientos que tuvieron lugar en Gales cuando el narrador era un muchacho estaban, en efecto, conectados entre sí. Esta primera parte del libro es mi favorita aún después de haber obtenido todos los indicios concluyentes que nos proporciona el relato principal. Con esos acontecimientos aparentemente sueltos, atados entre sí solo por el misterio y las sugestiones que unas cuantas creencias y relatos folclóricos, esta primera parte me recuerda el aura sobrenatural que crece alrededor de hechos y lugares normales en las obras de Arthur Machen.

La amenaza invisible

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Ahora que la humanidad ha tenido que acostumbrarse a vivir en medio de una amenaza invisible, resulta fascinante que Michael Crichton, allá en 1969, escribiera una novela de ciencia ficción en la que el “invasor alienígena” es igualmente invisible, igualmente diminuto, igualmente mortífero (bueno, un poco más el de la novela, aunque el virus real tampoco es manco).
El libro de Crichton, publicado en español con el título La amenaza de Andrómeda, se escribió con un estilo objetivo, eficaz y bajo un enfoque tan realista que muchos creyeron que no se trataba de un relato ficticio. De hecho, el autor trabaja como un experto falsificador. Crea informes, una bibliografía, toda clase de documentos. Dibuja los diagramas que salen de la computadora de Wildfire y justifica el cuerpo de la narración como el relato de una crisis real que va precedido de los correspondientes reconocimientos… a personajes de ficción que aparecen luego en el relato. La estructura de la obra es como una bella máquina donde la forma se supedita a la función, al propósito. Los hechos y los datos suministrados al lector le conducen por un laberinto de hallazgos y enigmas (la trama) hasta el desenlace, seguramente la pieza más débil del conjunto, quizás porque es la menos importante (en el guión de la película de 1971, éste aparece modificado). Lo que importa es el viaje a través del laberinto, la carretera con sus descubrimientos y sus curvas. Es posible que, formalmente, la película de Robert Wise sea superior. En ella, el estilo de Crichton tiene su correlato en una narrativa cinematográfica sobria, eficacísima, y todas las posibilidades visuales de WILDFIRE, el laboratorio subterráneo donde cada planta es de un color, se realizan en las imágenes bajo la estética futurista de aquellos años, un futuro de una vieja cosecha que ya no volverá. Es posible que las novelas de Chricton no estén ni pretendan estar en la cúspide del arte literario, pero, en su género, algunas son piezas maestras, y La Amenaza de Andrómeda, además, inauguró un género, el llamado techno-thriller, que es lo que surge cuando el laberinto de enigmas se arma con problemas de tipo técnico y científico. Lo cual no impide que esta obra en concreto sea también un relato de ciencia ficción. Los géneros son clasificaciones arbitrarias que resaltan determinadas características de un libro para que, a la vista de una etiqueta reconocible, el potencial lector sepa qué puede esperar. En La Amenaza de Andrómeda hay claros elementos de ciencia ficción y, a la vez, unas características que Crichton combinó con maestría dando pie a una nueva etiqueta.

Los libros de mero entretenimiento tienden a ser aburridos por su excesiva liviandad, que los vuelve insípidos. Pero Crichton incluye en la receta de su techno thriller una serie de conocimientos que debemos aprender mientras avanzamos de sorpresa en sorpresa. Y eso es un valor añadido. Gracias a lo que aprendemos en el libro estamos en situación de comprender que, muy probablemente, la amenaza de Andrómeda proceda indirectamente de la misma Tierra. Que algún microorganismo puesto en órbita ha podido evolucionar fuera de su ecosistema natural para convertirse en otra cosa. Que, una vez más, la humanidad es la causa del peligro que la amenaza.
En estos días en que vivimos asediados por un enemigo invisible, la misteriosa amenaza del primer libro que Crichton firmó con su propio nombre resulta desazonantemente familiar, inquietante y atractiva. La lectura de la novela sirve como evasión mientras dura y como reflexión cuando la cerramos. Entonces nos damos cuenta de que plantea unas cuantas cuestiones, de tipo científico y de tipo moral, a las que podemos dar muchas vueltas.

En octubre de 2019, la Red de Vigilancia Espacial de los EE.UU. informó de que había unos 20.000 objetos artificiales en órbita sobre la Tierra, incluyendo 2.218 satélites operativos. Si embargo, estos son solamente los objetos con el suficiente tamaño como para poder ser sometidos a seguimiento. En enero de 2019, se calculó que más de 128 de pedazos de residuos menores de 1 cm, unas 900.000 entre 1-10 com y unas 34.000 mayores de 10 cm. estaban en órbita. Cuando los objetos más pequeños de basura espacial de origen humano (raspaduras de pintura, partícula sólidas procedentes de la combustión de los cohetes etc. se agrupan con micrometeoros, las agencias espaciales se refieran con frecuencia a ellos como MMOD (Micrometeoroid and Orbital Debris:) La colisión con este tipo de restos se ha convertido en un riesgo para las naves espaciales. [Wikipedia; artículo en inglés. La traducción es mía].

The Germ Growers

Are you in interested in reading a book published in 1892 which is said to be the first novel portraying an alien invasion of Earth, released six years before H. G. Well’s The War of the Worlds? Then download it from gutenberg.org and come back after reading. Why? Because I am about to spoil the main surprises contained in the story by explaining WHY IT IS NOT THE FIRST ALIEN INVASION NOVEL. So, in my opinion, if it is the only candidate to challenge Well’s book, this will remain as the absolute and uncontested pioneer in a groundbreaking territory (a very appropriate expression to use here, if we take into account the Martians destructive operations).

The next paragraph comes from Wikipedia (I have always loved cyclopedias, and an online one under permanent construction and revision is a treasure I sometimes contribute to by giving a little money or even writing an article):

“In 1892 Robert Potter, an Australian clergyman, published The Germ Growers in London. It describes a covert invasion by aliens who take on the appearance of human beings and attempt to develop a virulent disease to assist in their plans for global conquest. It was not widely read, and consequently Wells’s vastly more successful novel is generally credited as the seminal alien invasion story.”


Likewise, the Science Fiction Encyclopedia summarises the plot this way:

“A race of discarnate beings, denizens of the interplanetary “ether” capable of assuming human form, mind-controlling humans, and able to Teleport, invades Earth and sets up beachheads where they cultivate plague germs to be used on humanity”. Nevertheless, at the end of the entry we are warned that “the element of Christian allegory (fallen angels confronted by a good angel) leaves its sf potential not fully realized.”

Well, if you ask me (which probably you will not, but I will tell you anyway) there is no allegory in Potter’s story. The aliens are actual spiritual creatures, good or bad, that is, what the Bible calls angels, and the book is an attempt to harmonise a scientific explanation of the universe with the Christian worldview where the classic notion of ether or aether had already found its way in relation to heaven, outer space, angelic beings and so on. This idea at the core of the plot is plainly more original than any allegory. The “world” where these “invaders” come from is actually in the same place as ours. Today we would call it “other dimension” or something of the like.

Robert Potter resorts to the notion of aether, not as “the fifth element” of ancient Greece, but as a scientific concept still prevalent in his time, making it converge with the “ethereal” qualities of angels and souls and the subtle matter (should we call it energy?) where they abide. This subtle matter that pervades everything and is the origin of every other kind of substance in the Universe is what the spirit is made of and where the “aliens” of the story come from. To pass into our world of coarse objects the angels of the book must “materialise”, and they can do it without any problem, but once they turn into human beings, they are subject to all the laws of Nature that govern ours. Here is where the science fiction part is most prominent. For, being extremely wise and learned, the rebel legions that come to Earth to sow disease in bodies and souls use machines that, when seen by the protagonists, seem to them the product of a very advanced technology and a highly technological civilisation. They also use their deep knowledge of biology to grow germs in secret plantations, germs which are deadly mutations obtained from harmless ones through extensive experiments. These they spread by means of their invisible “flying cars” to push humankind into despair and rebellion.

The “teleportation” the Sci Fi Encyclopedia mentions is only what happens when one of the incarnate angels gets killed, or when they decide of their own accord to go back to the aether where they came from in the first place, and then they come back, taking again the matter and form of the human body.
I have found Mr. Potter’s musings very amusing, even though he spends too much time describing some of the contraptions used by the malevolent creatures that hide in a remote and concealed valley in Australia. These contraptions we may find a little funny today. We must, of course, consider the time when the novel was written. Also this is essential to understand the narrator’s flaws and prejudices, which are very characteristic of the century he lived in.

Of course, the title of the novel caught my eye in these days when a virus is keeping us humans at bay. In the first part of the book, before telling the story of his Australian adventures, the narrator recalls part of his youth memories, which include an epidemic and some other facts that he believes are connected though apparently it is not the case. After knowing everything about his Australian discoveries, we do see clearly that he was right: invisible connections certainly linked the events that took place in Wales when he was a boy. This first part of the book is still my favourite after getting the conclusive hints. With those loose events apparently glued together only by mystery and the suggestions that folkloric tales throw into the bargain, it reminds me of the supernatural aura that grows around common facts and places in the works of Arthur Machen.

The Invisible Threat

READING IN THE TIME OF CORONAVIRUS

Now that Humankind is unwillingly getting used to live surrounded by an invisible threat, a novel written back in 1969 where the “invader from outer space” is equally invisible, equally tiny and not less deadly has the quality of being disturbing and also alluring. The Andromeda Strain was written in an objective, effectual style and developed under such a realistic point of view that many people actually believed the book not to be a fictional account. As a matter of fact, Michael Crichton worked on this novel like an expert forger of documents, reports and tests. He even created a bibliography and made the main narrative look like an account of a real crisis, placing at the forefront a bunch of acknowledgements addressed to some of the characters in the story. The facts and data which the author provides through this mechanism lead across a labyrinth of mysteries and discoveries (the plot) till we get to the ending, which is probably the weakest piece of the whole construction, maybe because it is the least important. What really counts is the way with all its wingdings and the journey with all its stages and inventions.

While the author’s device feeds our curiosity, the scientists inside the Wildfire premises feed data to the computer with the method used at the time: punctured pieces of paper. The novel has the aroma of an old vintage, just like the film directed by Robert Wise and released in 1971. All the visual potential of the book spreads (like a virus) through the images, especially the interior architecture of Wildfire which benefits from the futuristic style of the sixties, that wonderful view of a future that will never be again. Both the film and the novel are beautiful machines were form is subject to function and purpose. Maybe the film is a little superior in this aspect. Maybe Chricton is not on top of literary art, maybe he did not even pretend to make art of any sort; still he was skillful as a writer and some of his works are masterpieces in their own genre. But what genre does The Andromeda Strain belong to?  It is well known that he was the inventor of the so-called techno-thriller, where the usual puzzles found in thrillers are of a technical and scientific sort. So the labyrinth of mysteries and findings is a very special one and has the power of teaching us an interesting thing or two on its way to the next discovery within the plot. This is an added value and dispels the risk of the general artifact (the novel) being too light, too directed to pure entertainment (which would actually be a little boring). But genres are arbitrary classifications that highlight qualities present in books so that by producing a quick tag potential readers can know what they may expect. The Andromeda Strain is a thriller and also a sci-fi narrative which brings into view auto destructive forces lying behind certain lines of investigation, the ambition of the powers of this world working to achieve even greater power by setting aside moral considerations. It is Humankind messing with risks it should avoid, like when we force our way into the last largely intact ecosystems and hunt species we had not had contact with, raising the possibility of being infected with lethal viruses. At the time when The Andromeda Strain was written it was quite original to highlight a threat of a biological origin instead of the nuclear doom everybody feared. In the novel, the scientists in the Wildfire crew learn that the interest towards their project which secured funds and resources was not of an innocent kind. And we, readers, learn that maybe the microorganism they have to deal with has its origin on Earth, and, being transported into space, has evolved as a totally different thing (one that should be feared). The author does not give only one explanation to the existence of the Andromeda Strain, but several. These are hypothesis which the scientists in the novel do not have time to prove or dismiss. The reader can choose the one that fits him best. After all, this is a work of fiction, one that is useful not only for escaping our everyday life but also to set our eyes on some questions that we can think over afterwards.

As of October 2019, the US Space Surveillance Network reported nearly 20,000 artificial objects in orbit above the Earth,[7] including 2,218 operational satellites.[8] However, these are just the objects large enough to be tracked. As of January 2019, more than 128 million pieces of debris smaller than 1 cm (0.4 in), about 900,000 pieces of debris 1–10 cm, and around 34,000 of pieces larger than 10 cm were estimated to be in orbit around the Earth.[9] When the smallest objects of human-made space debris (paint flecks, solid rocket exhaust particles, etc.) are grouped with micrometeoroids, they are together sometimes referred to by space agencies as MMOD (Micrometeoroid and Orbital Debris). Collisions with debris have become a hazard to spacecraft. [Wikipedia]

Bacteria and Martians

“God is not an insurance agent!”

exclaims the Narrator addressing the curate in H.G. Wells’ Novel The War of the Worlds. The curate’s sanity is compromised by this situation he cannot understand, he cannot endure. The Narrator gets truly annoyed at his shivering impulsiveness. But we must admit that, at least, his ravings are consistent with the beliefs that have lent sense to his past life.

To him the martians are Angels of Death, envoys from the Other World, the shear wrath of God. What he cannot concede is their being a species superior to humans. What he cannot understand is Man being abandoned by God (that is, white, western Man, especially British and especially those who are part of a religious institution).
In Wells’ days there was a continuous talk of superior species and inferior races. The novel shows the hunter hunted, the king of creation dethroned: beings from other planet come to take the crown.
The idea that something similar to the facts narrated in the book could come to happen was inconceivable not only to the curate, but also to the reader of the  XIXth Century, in both senses: an invasion from Mars, of course, was seen as merely fictional, but Wells’ reader regarded the possibility of a civilization and a power superior to the British Empire as merely fictional too. A century and a half later (more or less) the British Empire is a memory (there is another one in it’s place) and we have been subject to so many fictional alien invasions that we could believe there has been an actual invasion at some moment of our lives (something we do not remember very well, maybe because it was too traumatic).
It has been Wells’ merit (or maybe his fault) that all visitors from outer space were Martians for a long while since his book came out in 1897. Today we know  there is no life on Mars’ surface. We know it is very improbable that ours is the sole species endowed with language, technology and civilization among all the existing creatures and worlds. We know it is almost impossible to contact an intelligent alien species, intelligent in the way we call ourselves intelligent, because, though surely it must exist somewhere and sometime, the universe is too vast and things in it are too scattered across its immense distances. But the same characteristics that make so difficult for us to find alien life or even habitable planets makes it impossible for the universe not to shelter life: it is huge, maybe endless, its components and features are repeated along those colossal ranges containing hundreds of billions of galaxies. Back in 2013, analyzing data from the Kepler Space mission astronomers were able to calculate the existence of about 40 billion earth sized planets orbiting inside the habitable  orbits of stars… Only in the Milky Way! So there is got to be someone out there but we are not going to see them. Too many light years keep us apart.
Anyway, the contact hypothesis has probably  been raised in all possible ways. In Wells’ novel it is a conquest war. All human means of defense and attack prove to be worthless before the invaders’ superiority. And then, the most unexpected thing happens: the poor Martians die of sepsis. They lack an  immune system. Be aware, Wells is telling his readers, for the humblest of all creatures has a place in God’s plan. Bacteria are the immune system of Earth.
But what if the Martians (or maybe I should say the “extraterrestrial beings”) were bacteria? Well, then we would have something like Michael Crichton’s The Andromeda Strain.
In this novel written by the famous best-selling author in 1969, the bacteria  are the aliens or, more exactly, the aliens are bacteria or, to be even more accurate, they are some kind of microorganism. It does not became clear if the form of life which is given the code name “Andromeda” can be called a bacteria, a virus or is something totally different.
When it comes to the relationship between the fictional and the real world, the hypothesis displayed by the plot of The Andromeda Strain is quite plausible. If one day we get in touch (be it for good or bad) with some kind of extraterrestrial life,  it will be some sort of microorganism, something small and simple, for, if the laws we can observe on our planet are also valid out of it, simple, small living things the like of bacteria and viruses are far more abundant than complex, big organisms. All this, by the way, is well explained in the book. In The War of the Worlds the relations between the real world and the one depicted in it are of a different kind, more philosophical.
All alien invasion novels describe a relation among three elements: the  planet Earth, humans and what we could call “the invasive species”. In The day the Earth Stood Still the defense of the planet comes from other planet, the ” intelligent” indigenous form of life is the menace to it, and once more the fictional and real worlds are connected, this time by an element which is partly an hypothesis, partly a process we can test every day just by keeping our eyes open: auto destruction.
The film is based upon Harry Bates’ story “Farewell to the Master” (1940) where the pending menace is a nuclear war. This has not been dispelled in our time but largely enriched with a variety of means for the progressive destruction of our environment and climate balance. Such means  provide a thorough and at the same time general effectiveness. This more complex auto destructive scenario appears in the 2008 film also titled The Day the Earth Stood Still, directed by Scott Derrikson and featuring Keanu Reeves as Klatu.

For the moment, to interpret the global pandemic that keeps us shut at home as a defense mechanism of the planet is irresistible though probably inappropriate. Bacteria are Earth’s mechanism of defense in Wells’ The War of the Worlds. Ideas about immunity and ecology were not so popular at the time so as to make Wells’ readers think of the Martian invaders as an infection against which the planet reacted by using it’s antibodies. War provided a much a more common pattern of thought.
Today it is not very difficult for us to regard the spread of different pandemics (the last of which is not
just hurting the health of human population but also the world economy) as a response of the immune system of Earth against the infection that we, humans, represent. We are not from Mars but indeed we are the main risk for life in this planet.

Marcianos y bacterias

Una de las famosas ilustraciones de Henrique Alvim Côrrea para la edición francesa de
La guerra de los mundos,

“¡ Dios no es un agente de seguros!”

Es lo que le dice, irritado, el narrador al cura en la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos.
Confrontado a una realidad que no puede admitir, el cura pierde la razón y se convierte en un amasijo tembloroso de impulsos y emociones. Su delirio es del todo consecuente con las creencias que han dado sentido a su vida pasada. Para él los marcianos son ángeles exterminadores, enviados del Mas Allá, la ira de Dios. Lo que no puede conceder es que sean una especie superior a la humana. lo que no puede entender es que Dios haya abandonado al Hombre (al hombre blanco, occidental, británico y, especialmente, a él, que es parte de una institución religiosa). En tiempos de Wells se hablaba todo el rato de especies superiores y de razas inferiores. La novela presenta al cazador convertido en presa. El rey de la creación destronado. Seres de otro mundo que vienen a tomar el relevo.

También para el lector del tiempo en que se escribió la novela, la idea de que pudiera suceder algo parecido a lo que Wells narra en ella debía de estar entre lo inverosímil y lo imposible, y no me refiero sólo la invasión alienígena sino a la existencia de una civilización superior, fuera o dentro de la Tierra. Casi siglo y medio más tarde, el Imperio Británico es un recuerdo (aunque otro Imperio esté en su lugar) y hemos sufrido tantas invasiones alienígenas en la ficción que ya nos parece haber sufrido más de una en la realidad. Nuestra visión del mundo ha cambiado mucho, salvo para aquellos que siguen en el siglo XIX, que, la verdad sea dicha, son unos cuantos.

A causa de Wells, los visitantes del espacio fueron marcianos durante mucho tiempo. Hoy sabemos que no hay vida en la superficie de Marte. Sabemos que es muy improbable que seamos la única especie con inteligencia, tecnología y lenguaje en la totalidad de lo existente. Sabemos que es prácticamente imposible que podamos contactar con otra especie inteligente al estilo de la nuestra, pero que estas deben existir en algún lugar y en algún momento del “vasto universo”, como hubiera dicho Borges. Puede que la aparición de vida compleja sea muy improbable, pero el universo ciertamente es muy vasto (que no basto). La vida compleja ha de estar, sin embargo, tan lejos en el espacio y/o el tiempo que probablemente nunca tendremos pruebas de ella.

Aún así la hipótesis del contacto se ha planteado ya seguramente de todas las formas posibles. En la novela de Wells es una una guerra de conquista. Las armas humanas son completamente inútiles ante la superioridad de los invasores. Y entonces sucede lo inesperado: los pobres marcianos mueren de sepsis. No tienen sistema inmunológico. Ojo, le dice Wells a su lector, porque en el plan de Dios hasta la criatura más humilde tiene un sitio. Las bacterias son el sistema de defensa de la Tierra. Pero ¿qué pasaría si las bacterias fueran los marcianos o, mejor dicho, los extraterrestres, o los extraterrestres las bacterias? Pues que tendríamos La amenaza de Andrómeda de Michael Chricton.

En esta novela, escrita por el famoso autor de bestsellers en 1969, las bacterias son los invasores, los aliens. O más bien los microorganismos, pues no llega a estar claro si la forma de vida que se conoce con el nombre clave “Andrómeda’ (de dónde ciertamente no procede) puede definirse como una bacteria. Si nos referirnos a las relaciones entre mundo de ficción y mundo real, ésta que presenta Chricton en su libro es una hipótesis plausible: de entrar en contacto con alguna forma de vida extraterrestre, como bien se explica en la obra, lo más fácil es que se trate de formas simples, unicelulares, algo parecido a una bacteria o a un virus. Las relaciones mundo real – mundo de ficción van por otro lado en la novela de Wells (derroteros más filosóficos)

Todas las novelas de invasión alienígena describen las relaciones entre tres elementos básicos: el planeta, la especie humana y la especie invasora. En The day the Earth Stood Still (El día en que la Tierra se detuvo) la defensa del planeta viene de fuera, la amenaza está constituida por la especie “inteligente” oriunda del planeta y de nuevo el mundo de ficción y la realidad del lector se conectan mediante un elemento común que en parte es una hipótesis (la autodestrucción), en parte un proceso en curso: cualquiera con unas cuantas neuronas puede comprobarlo cada día si mira más allá de su ombligo. En el relato de Harry Bates “Farewell to the Master” (1940) y la primera película, la de 1951, la gran amenaza es una guerra nuclear, amenaza que en nuestros días no ha desparecido pero se ha enriquecido con una minuciosa y a la vez generalizada destrucción del medio ambiente y del equilibrio climático. Este escenario más complejo de autodestrucción aparece en la película de 2008 (también titulada The Day the Earht Stood Still) que protagonizó Keanu Reeves.

De momento, en el mundo en que vivimos, interpretar la pandemia mundial que está recluyéndonos como un mecanismo de defensa de la Tierra es irresistible, aunque probablemente inapropiado. La bacterias son el mecanismo de defensa de la Tierra en La Guerra de los Mundos, de Wells. Las ideas sobre inmunidad y ecología no eran tan populares como para que el lector de aquel tiempo viera en la misma invasión de los marcianos una “infección” a la que la Tierra responde con anticuerpos. Hoy no nos cuesta mucho ver en la difusión de diferentes pandemias (la última de las cuales no sólo afecta a nuestra salud, sino a la del sistema económico mundial) una respuesta inmune de la Tierra ante la infección que somos los seres humanos. Y no hemos venido de Marte.

La guerra de los mundos

Alguien dijo a mi lado: “esto parece La guerra de los mundos”. Las calles casi vacías y la gente haciendo cola para entrar en los supermercados. El trafico de vehículos reducido a lo que era normal en la alguna década de la primera mitad del siglo XX (una década u otra según el país, según la ciudad, según la región del mundo o del país).

En ese momento pensé que había leído La guerra de los mundos. No era así. Había leído otras novelas de H.G. Wells, no esta. Por eso la he leído ahora. Se pueden encontrar versiones electrónicas gratuitas o muy económicas de las obras de Wells, porque son de dominio público. Había visto, desde luego, las versiones cinematográficas más famosas: la de 1953, que adapta muy libremente la idea original, se desarrolla en América y tiene el encanto vintage del cine de la época.

Guerra dei Mondi – War of the Worlds

La de Spielberg, de 2005, sigue en la linea de adaptar libremente la historia y situarla en América, aunque tiene más puntos en común con el libro que la anterior (debo decir que no me gustó demasiado: típico producto de consumo con buena realización, muchos medios, narrativa eficaz, grandes efectos especiales y ningún interés). No he visto la reciente serie de la BBC que sitúa la acción en el mismo tiempo y lugar que la novela (el sur de Inglaterra durante la época eduardiana).

En Wikipedia, ese monstruoso compendio del saber universal, no sólo hay un artículo dedicado a H.G. Wells, sino artículos específicamente dedicados a La guerra de los mundos en diferentes idiomas. He leído el que está en español y el que está en inglés. Se complementan, pero este último contiene más información y trata una serie de temas no sólo directamente relacionados con el libro sino con el medio socio-cultural en el que nació: la literatura de invasión (un género que se propagó como la mala hierba en el Reino Unido entre 1871 y 1914), las ideas científicas de la época, el colonialismo…

Según parece, el libro de Wells es considerado el primero que trata el tema de una invasión extraterrestre no tanto porque lo fuera estrictamente hablando sino porque la obra de Robert Potter The Germ Growers publicada en Londres en 1892 apenas tuvo difusión. En todo caso, la de Wells establece las bases de un subgénero y su influencia, larga como la mano del destino, ha producido innumerables secuelas y variaciones.

El artículo de Wikipedia The War of the Worlds está muy bien estructurado y es casi un pequeño estudio del libro, como podemos comprobar en el índice, que traduzco a continuación:

1 Argumento (un auténtico spoiler)
2 Estilo
3 Contexto científico
4 Localización geográfica
5 Contexto cultural
6 Publicación
7 Recepción de la obra
8 Relación con la literatura de invasión
9 Predicciones científicas y exactitud
10 Interpretaciones
11 Influencias
12 Adaptaciones
13 Ver también
14 Referencias
15 Enlaces externos

El artículo en español es menos completo, pero contempla algunos puntos que no aparecen en el anterior. Su índice es el siguiente:

1 Sinopsis
2 Secuencia de los eventos
3 Radio
3.1 Adaptación de Orson Welles (1938)
3.2 Adaptación de Orson Welles (1949)
4 Cine
5 Otras adaptaciones
5.1 Obras derivadas
6 Interpretaciones
7 Véase también
8 Enlaces externos

En el artículo de Wikipedia escrito en español, hay un apartado que se titula “la secuencia de los eventos”. En él se resume la estructura temporal de los hechos sobre los cuales se desarrolla la narración. Está muy bien como guía de lectura. (La sinopsis es un spoiler en toda regla).

Dentro del apartado Interpretaciones del artículo de Wikipedia en inglés se dan claves culturales que nos permiten ver más claramente las ideas, la visión del mundo y también las denuncias contenidas en la novela. Lo cierto es que, por si acaso las implicaciones de la trama no son evidentes para algunos lectores, el narrador dice cosas como la que sigue:

“Y antes de juzgarles (a los marcianos) con excesiva dureza debemos recordar la despiadada y completa destrucción que nuestra especie ha llevado no sólo a los animales como el extinto bisonte o el dodo, sino también a sus razas inferiores. Los tasmanos, a pesar de su aspecto humano, fueron borrados de la existencia en una guerra de exterminio llevada a cabo por inmigrantes europeos en el espacio de cincuenta años. ¿Somos acaso apóstoles de la misericordia tales que podamos quejarnos de que los marcianos hicieran la guerra con el mismo espíritu?”
—Capítulo I: La víspera de la guerra—

Esto de la razas inferiores pone los pelos de punta, pero la gente de la época pensaba así. El racismo se consideraba científico. La ciencia clasificaba a las especies en superiores e inferiores, con el homo sapiens a la cabeza de la creación, y el darwinismo social era una extrapolación a las sociedades humanas de la jerarquización del mundo natural y de la idea de la supervivencia del más apto.

Aquellos polvos trajeron luego los lodos que sabemos, esos lodos con esvástica que combinaban la reivindicación del exterminio y la eficacia industrial. Hoy día los científicos no consideran que la idea de razas y especies superiores o inferiores tenga mucho que ver con la selección natural ni tampoco con la ciencia. El que se adapta mejor a un determinado medio puede encontrarse en inferioridad de condiciones cuando el medio cambia, y los cambios que priman la selección de unos rasgos sobre otros son azarosos: no sobreviven “los mejores”, sino los que, casualmente, tienen las características a partir de las cuales pueden desarrollar una nueva adaptación. Llevar ese concepto a las sociedades humanas es por tanto inadecuado porque confunde “apto” con “bueno” o “mejor”, pero además hoy día se considera muy poco científico dar el salto alegremente de una esfera a otra y aplicar a la sociedad parámetros propios de un sistema biológico. Las perspectivas del darwinismo social pueden producir estupor en la actualidad, pero cuando se escribió La guerra de los mundos eran ampliamente aceptadas. Y es que encajaban tan bien con el colonialismo y el imperialismo europeos…

Qué suerte saber que puedes andar por ahí sojuzgando y aplastando a otros pueblos, robandoles sus tierras y sus recursos, matando poblaciones enteras porque perteneces a la civilización superior y a la raza superior, tienes la mejor tecnología y la mejor religión y tus fines lo justifican todo. Aunque, ahora que lo pienso, a ver si va a haber gente en nuestros días que aún piensa estas cosas… (y actúa en consecuencia).

En el libro están representadas también las convicciones sobre la superioridad de clase, como no. Es todo muy instructivo. Siendo Wells hijo de un jardinero y de una criada en la Inglaterra de fines del siglo XIX, éste es un tema que abordó con frecuencia de forma poco convencional y que debía de proporcionarle una energía de orientación variable.

Muchas de las ideas de la época sobre como eran (y debían ser) las relaciones entre clases, razas, pueblos, géneros, individuos están ahí sencillamente en tanto rasgos del mundo en el que el narrador se desenvuelve. El marco general de las mismas no es atacado de forma absoluta: al fin y al cabo, Wells tenía que ganarse la vida como escritor profesional llegando a un público que en conjunto no era muy partidario de la revolución social, y por muy progresista que fuera para su tiempo, es imposible que no encontremos en él algún planteamiento que ahora nos parezca retrógrado (¡por Dios, estamos hablando del siglo XIX!).

Pero dentro del paréntesis que supone el breve reinado de terror de los marcianos se llegan a poner muchos elementos en tela de juicio. El mismo argumento de la obra es una sacudida que afecta a algunas de las fibras principales de la sociedad de entonces. El narrador interviene más de una vez para dejar muy claro hacia dónde está apuntando. Y no sólo apunta hacia el tema evidente del colonialismo: el papel principal del hombre en la creación vacila ante la presencia (o posible presencia) de una inteligencia superior procedente de otro mundo.

“Por un momento toqué una emoción habitualmente situada fuera del espectro de las emociones humanas, si bien de sobra conocida por los pobres brutos sometidos a nuestro dominio. Me sentí como debe de sentirse el conejo que regresa a su madriguera y de pronto encuentra frente a sí el trabajo de una docena de peones afanosos que construyen los cimientos de una casa. Tuve el presentimiento de algo que enseguida creció hasta volverse claro en mi mente y que me oprimió durante días, una sensación de destronamiento, la convicción de ya no era yo un amo, sino un animal entre los animales, bajo la bota marciana. Para nosotros sería como para ellos, acechar y observar, correr y esconderse; el temor del hombre y su imperio se habían acabado”
—Capítulo VI. El trabajo de quince días—

En el capítulo VII, El hombre en la colina de Putney, el narrador vuelve a encontrarse con el artillero, un personaje que ha aparecido previamente, y en el discurso de este, por más que hombre demuestre enseguida una notable inconsistencia, hay una crítica de la sociedad y un proyecto de resistencia que el narrador escucha con entusiasmo (aunque sagazmente el autor no pone ese discurso en boca del narrador, que es un personaje mucho más parecido a él mismo). La resistencia ante los invasores parece por un momento una oportunidad de regeneración para una sociedad decadente donde las personas viven vidas monótonas carentes de libertad, propósito o grandeza.
Por cierto que el personaje del cura, uno de los eventuales compañeros de aventuras, o mejor dicho, de desventuras, del narrador durante parte de la novela, no queda nada bien: es un tipo blando, tembloroso, que no puede controlar el impulso de comer aún cuando escasean las provisiones. Está habituado a una vida fácil y a un orden dentro del cual tiene su papel y su importancia asegurados y pierde la razón cuando llega la catástrofe y todo eso desaparece.

Antes de encontrarse, o mejor, reencontrarse con el artillero, el narrador pasa una noche espantosa en el mesón situado en lo alto de la colina de Putney. Hay una diferencia muy grande entre la religiosidad del narrador y la del cura, que es formal y superficial y encaja todo el orden del mundo en un relato mítico-religioso y reduce la existencia a una serie de convenciones. Así que cuando llegan los marcianos, para él sólo puede estar sucediendo una cosa: son enviados de Dios que ha decidido aniquilar a la humanidad. Pero el narrador se da cuenta de que el hombre no razona. Presa del miedo y de los impulsos, su agitación y su parloteo sobre el fin del mundo parecen ser una monomanía. Pero es una monomanía muy lógica en un pilar de la sociedad como él. ¿Cómo, por Dios, iba a haber una civilización más poderosa que el Imperio Británico, unos seres cabezones todo cerebro capaces de aplastar al Hombre, hecho a imagen y semejanza del Creador?

Los pensamientos del narrador son muy distintos durante esa noche que pasa en vela en la colina de Putney:

“Desde la noche de mi retorno de Leatherhead no había rezado. Había pronunciado oraciones, había orado lo mismo que los paganos musitan encantamientos cuando me encontraba en extrema necesidad; pero ahora sí que recé, recé pausada y lúcidamente, cara a cara con la oscuridad de Dios. ¡Extraña noche! Y más extraña aún por que, apenas comenzó a amanecer, yo, que había hablado con Dios, me arrastré fuera de la casa como una rata que abandona su escondrijo —una criatura apenas algo mayor, un animal inferior, una cosa que, por cualquier pasajero capricho de nuestros amos, podría ser cazada y muerta. Tal vez ellos también rezaban confiadamente a Dios. Sin duda, si no hemos aprendido ninguna otra cosa, esta guerra nos ha enseñado a tener compasión —compasión por esos seres desprovisto de razón que sufren bajo nuestro dominio”.

La novela plantea una situación que induce al lector de la época a reflexionar sobre temas que le son familiares, que forman parte de la organización de la sociedad y el mundo. Es una sacudida, una llamada a la amplitud de miras, una invocación a la piedad: los fundamentos del edificio aún son intocables.

El capítulo VIII. Dead London pone las cosas a su sitio y vuelve Londres a la vida, matando a los marcianos. Y si es una nueva lección de humildad, asegura la posición de la especie humana en el orden de la creación, según las ideas religiosas y científicas del tiempo.

Lección de humildad: los marcianos son muertos por las bacterias que causan la putrefacción y la enfermedad, bacterias para las que carecían de un sistema inmunológico que los defendiese.
“Muertos” dice el narrador “después de que hubieran fallado todos los artefactos humanos, por las cosas más humildes que Dios, en su sabiduría, ha puesto sobre esta tierra.”

Hay un momento en que el narrador adopta un tono sentencioso y casi bíblico:

“Por el peaje de un billón de muertes el hombre ha comprado su derecho de nacimiento sobre la tierra, y es suya contra cualquier recien llegado, y aún sería suya aunque los marcianos fueran diez veces más poderosos de lo que ya son. Pues los hombres ni viven ni mueren en vano”.

Es un mensaje muy distinto del que empezó a llevar consigo la literatura después de la segunda guerra mundial, cuando una Europa reducida a ruinas, una orgullosa civilización reducida a la miseria generó de un modo natural la literatura existencialista, donde el absurdo de la existencia humana es el protagonista.

Wells había recibido educación científica. Había estudiado biología en la Escuela Normal de Ciencia, más tarde Real Colegio de Ciencia de South Kensington.
Así que no es raro el desenlace de la novela. No es raro que se le ocurriera ni que tuviera los conocimientos para concebirlo. Ese desenlace que conocemos por las películas aunque no hayamos leído el libro. Ese final que tuvo que sorprender a sus primeros lectores más de lo que sorprendería a un lector de hoy que no supiera nada del libro, que no hubiese visto ninguna de las películas.

La novela de H.G. Wells se publicó por primera en la revista Pearson’s Magazine, por entregas, en 1897. La primera edición en libro es de 1898. En esa época se estaban realizando importantes descubrimientos sobre inmunidad. Por ejemplo, en 1882 Ilya Ilych Mechnikov descubrió los macrófagos (un tipo de glóbulo blanco). Más tarde, ya en el siglo XX, Mecnhikon recibiría el premio Nóbel por sus descubrimientos. Sin duda Wells estaba al tanto de los avances científicos, especialmente los que tenían relación con su especialidad. Y como Dios creador del universo de ficción de La guerra de los mundos, hizo a los marcianos sin sistema inmune, provenientes de un planeta donde, por alguna razón, no hay putrefacción ni enfermedades infecciosas. El autor no pierde tiempo en solucionar los problemas que esto plantea en la ecología de un planeta: al fin y al cabo es un mundo extraño, desconocido, extraterreste, que se rige por otros parámetros. Simplemente convierte a las bacterias en las ganadoras de la guerra de los mundos. Son ellas, y no el ser humano, las que prueban ser capaces de defender la Tierra.

Próximo post: Marcianos y bacterias

Infección

El miedo a la infección, a la contaminación, al contagio es uno de los miedos primigenios: vive en la raíz de la naturaleza humana y responde a una de las trampas más insidiosas de la Naturaleza. Es el miedo al enemigo invisible, incomprensible: enfermedad que se transmite de un enfermo a otro, espíritu maligno que trabaja en la oscuridad de las células; la peste, el cólera, la gripe, la horrenda lepra, vistas a lo largo del tiempo como maldiciones de un Dios cruel, o de varios dioses crueles, venganzas del más allá. Todos los animales compartimos el miedo al monstruo, y el monstruo es el depredador cuando sale a cazarnos o surge de la emboscadura. Para aprender el miedo al depredador microscópico hay que tener una cultura basada en el lenguaje y así es posible comunicar dentro del grupo la amenaza que ha de ser descubierta mediante indicios y relaciones nunca tan claras como la relación entre la zarpa y la muerte. Entonces entra en juego la imaginación mítica y poética: lo que no se puede explicar da lugar a la explicación religiosa y mágica a través de la cual el sueño contamina el orden de la vigilia y las conexiones entre significados se convierten en creencia. Por la red cultural se transmiten las maldiciones bíblicas y las plagas interpretadas como la cólera de Dios, el poder de los brujos y los malos espíritus, la contagiosa sed de los vampiros y las asechanzas del mal que intercambia corrupción moral y corrupción física en una perfecta metáfora. Cuando se llega al conocimiento del mundo microscópico y la técnica lo hace visible a nuestros ojos, el mundo invisible de los espíritus y las emociones encarnadas retrocede pero no se da por vencido. Habrá siempre quien elija ciegamente la creencia y el dogma como sustituto de la razón. La influencia decisiva de la razón y la ciencia, en todo caso, no es obstáculo para que ese otro territorio oculto siga vivo en la mente: allí es real y, sobre todo, verdadero. Allí se llena de mensajes y figuras, teje visiones, narraciones, advertencias para que conozcamos el mundo a través de las leyes del Sueño. Pero de todas formas, quien sabe qué relaciones guardan los diferentes órdenes de la realidad allí donde no rigen las leyes del Día y las cadenas del fanatismo son ineficaces.

Origen: Museo de Sanidad, Instituto de Salud Carlos III