La amenaza invisible

Lecturas en los tiempos del coronavirus

Ahora que la humanidad ha tenido que acostumbrarse a vivir en medio de una amenaza invisible, resulta fascinante que Michael Crichton, allá en 1969, escribiera una novela de ciencia ficción en la que el “invasor alienígena” es igualmente invisible, igualmente diminuto, igualmente mortífero (bueno, un poco más el de la novela, aunque el virus real tampoco es manco).
El libro de Crichton, publicado en español con el título La amenaza de Andrómeda, se escribió con un estilo objetivo, eficaz y bajo un enfoque tan realista que muchos creyeron que no se trataba de un relato ficticio. De hecho, el autor trabaja como un experto falsificador. Crea informes, una bibliografía, toda clase de documentos. Dibuja los diagramas que salen de la computadora de Wildfire y justifica el cuerpo de la narración como el relato de una crisis real que va precedido de los correspondientes reconocimientos… a personajes de ficción que aparecen luego en el relato. La estructura de la obra es como una bella máquina donde la forma se supedita a la función, al propósito. Los hechos y los datos suministrados al lector le conducen por un laberinto de hallazgos y enigmas (la trama) hasta el desenlace, seguramente la pieza más débil del conjunto, quizás porque es la menos importante (en el guión de la película de 1971, éste aparece modificado). Lo que importa es el viaje a través del laberinto, la carretera con sus descubrimientos y sus curvas. Es posible que, formalmente, la película de Robert Wise sea superior. En ella, el estilo de Crichton tiene su correlato en una narrativa cinematográfica sobria, eficacísima, y todas las posibilidades visuales de WILDFIRE, el laboratorio subterráneo donde cada planta es de un color, se realizan en las imágenes bajo la estética futurista de aquellos años, un futuro de una vieja cosecha que ya no volverá. Es posible que las novelas de Chricton no estén ni pretendan estar en la cúspide del arte literario, pero, en su género, algunas son piezas maestras, y La Amenaza de Andrómeda, además, inauguró un género, el llamado techno-thriller, que es lo que surge cuando el laberinto de enigmas se arma con problemas de tipo técnico y científico. Lo cual no impide que esta obra en concreto sea también un relato de ciencia ficción. Los géneros son clasificaciones arbitrarias que resaltan determinadas características de un libro para que, a la vista de una etiqueta reconocible, el potencial lector sepa qué puede esperar. En La Amenaza de Andrómeda hay claros elementos de ciencia ficción y, a la vez, unas características que Crichton combinó con maestría dando pie a una nueva etiqueta.

Los libros de mero entretenimiento tienden a ser aburridos por su excesiva liviandad, que los vuelve insípidos. Pero Crichton incluye en la receta de su techno thriller una serie de conocimientos que debemos aprender mientras avanzamos de sorpresa en sorpresa. Y eso es un valor añadido. Gracias a lo que aprendemos en el libro estamos en situación de comprender que, muy probablemente, la amenaza de Andrómeda proceda indirectamente de la misma Tierra. Que algún microorganismo puesto en órbita ha podido evolucionar fuera de su ecosistema natural para convertirse en otra cosa. Que, una vez más, la humanidad es la causa del peligro que la amenaza.
En estos días en que vivimos asediados por un enemigo invisible, la misteriosa amenaza del primer libro que Crichton firmó con su propio nombre resulta desazonantemente familiar, inquietante y atractiva. La lectura de la novela sirve como evasión mientras dura y como reflexión cuando la cerramos. Entonces nos damos cuenta de que plantea unas cuantas cuestiones, de tipo científico y de tipo moral, a las que podemos dar muchas vueltas.

En octubre de 2019, la Red de Vigilancia Espacial de los EE.UU. informó de que había unos 20.000 objetos artificiales en órbita sobre la Tierra, incluyendo 2.218 satélites operativos. Si embargo, estos son solamente los objetos con el suficiente tamaño como para poder ser sometidos a seguimiento. En enero de 2019, se calculó que más de 128 de pedazos de residuos menores de 1 cm, unas 900.000 entre 1-10 com y unas 34.000 mayores de 10 cm. estaban en órbita. Cuando los objetos más pequeños de basura espacial de origen humano (raspaduras de pintura, partícula sólidas procedentes de la combustión de los cohetes etc. se agrupan con micrometeoros, las agencias espaciales se refieran con frecuencia a ellos como MMOD (Micrometeoroid and Orbital Debris:) La colisión con este tipo de restos se ha convertido en un riesgo para las naves espaciales. [Wikipedia; artículo en inglés. La traducción es mía].

Published by Mary Wolfhouse

Writer and freelance journalist. Mary Wolfhouse is a pen name and also an Internet avatar.

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