El bosque que camina

Treebeard, by Alan Lee

La visión de un bosque que camina es uno de los regalos que nos hace Tolkien en El señor de los anillos. J. R. R. Tolkien amaba los árboles y detestaba las máquinas, sentía nostalgia del mundo premoderno y escaso amor por la modernidad. Es lógico que al crear el de su novela lo situara en un tiempo primordial donde la naturaleza ocupa mucho más espacio que la técnica y la técnica es sustituida con frecuencia por la magia. La obra de Sauron, que es una obra de destrucción, deja siempre un resultado similar a las tierras baldías que son el paisaje de la minería y de la industria. Los orcos derriban árboles. Los elfos aman los árboles. Los hobbits los plantan en La Comarca. Sam es jardinero. En el prólogo del libro, en el apartado “Sobre los hobbits”, podemos leer: “No entienden ni entendieron ni sienten gusto por máquinas que tengan mayor complejidad que un fuelle de herrero, un molino hidráulico o un telar manual, aunque son hábiles usando herramientas”. También sabemos por este prólogo que “un paisaje rural bien ordenado y cultivado es su hábitat preferido”.

En la novela, los bosques son los restos de un mundo arcaico todavía más antiguo que el universo remoto y mítico de la Tierra Media, y representan una fuerza primitiva que puede ser benéfica o maléfica.Tres son las selvas con calidad de personajes colectivos: El Bosque Antiguo, Lórien y Fangorn (Mirkwood tiene mucha más presencia en El hobbit que en El Señor de los Anillos). En todos ellos habita la magia, pero el bosque que camina es el tercero. Huyendo de los orcos, Merry y Pippin se adentran en él y allí conocen a Treebeard, el más importante de todos los Ents, tanto que su nombre verdadero es Fangorn, pues es el guardian del bosque y algo así como su conciencia o su espíritu. Viejo como el mundo, sabio y bondadoso, Treebeard es un poder arcaico que, cuando se agita y enfurece, difícilmente encuentra rival. Y las noticias que Merry y Pipin le traen despiertan su ira. Por eso convoca una asamblea de Ents. Morosamente discuten sobre la decisión a tomar (el tiempo es largo para estas criaturas que cuentan su vida por miles de años) y finalmente acuerdan declararle la guerra a Saruman. “Debemos ayudar a los otros pueblos antes de que desaparezcamos”, afirma Treebeard. Los Ents marchan hacia Isengard (contra Isengard) y Treebeard lleva a Merry y Pippin sobre sus hombros.

Pippin miró hacia atrás. Los Ents habían aumentado en número —¿o qué sucedía?. Allí donde deberían estar las penumbrosas laderas desnudas, creyó ver grupos de árboles. ¡Pero se movían! ¿Sería posible que los árboles de Fangorn hubieran despertado, y que el bosque se estuvieran alzando, marchando a la guerra sobre las colinas? Se frotó los ojos mientras se preguntaba con asombro si el sueño y la sombra le habrían engañado; pero las grandes figuras grises avanzaban a un ritmo constante. Había un sonido como de viento que atravesara infinidad de ramas. Los Ents se acercaban a la cresta de la cordillera y las canciones habían cesado. Caía la noche, y se extendía el silencio: nada se oía salvo el débil temblor de la tierra bajo los pies de los Ents y un crujido, la sombra de un susurro como de muchas hojas arrastradas por el viento. Finalmente se detuvieron en la cumbre y miraron hacia abajo, hacia la hondonada oscura: la gran hendidura al final de las montañas: Nan Curunir, el Valle de Saruman.
“La noche cubre Isengard”, dijo Treebeard.

Final del capítulo IV. Treebeard. Libro segundo: Las dos torres.

“Siempre he sentido, no sé por qué” le dijo John Ronald Reuel Tolkien a la BBC en 1968 “una enorme atracción por los árboles. Toda mi obra está llena de árboles”.
“Supongo” añadió con una risita “que me hubiera gustado establecer contacto de algún modo con un árbol y saber lo que siente acerca de las cosas”.
Mientras paseaba por los jardines de Oxford, le hacía estas confesiones al periodista John Izzard.
Pero también sabemos, porque Tolkien lo dejó escrito en una de sus cartas, que en su época de colegial se llevó una soberana desilusión cuando descubrió la forma en que Shakespeare hizo que se cumpliera la profecía de las brujas en Macbeth: el gran bosque de Birnam se desplaza a la alta colina de Dunsinane porque lo que se mueven no son árboles, sino soldados disfrazados con un camuflaje de hojas y ramas.
La visión mágica, épica, maravillosa de un bosque que camina nace de la frustración de un niño ante lo que Shakespeare no se atrevió a llevar a cabo. Ese niño que el adulto guarda en su interior cuando se pone a escribir El señor de los anillos le hace inventar los Ents y los Huorns para que el bosque de Fangorn pueda hacer lo que el bosque de Birnam no hizo: marchar a la guerra.

Published by Mary Wolfhouse

Writer and freelance journalist. Mary Wolfhouse is a pen name and also an Internet avatar.

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